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 Crónicas gabarreras:   Inicio >  En los sentimientos >  El valle de Valsaín (Esther).  


Foto: Esther Hernández Fernández

Me siento muy afortunada por haberme criado en este valle de Valsaín, para mí es único  estar en pleno contacto con la Naturaleza, respirar paz, tranquilidad y libertad imposibles de pagar con dinero.

Vivíamos en una continua aventura entre las tollas, el “Huevo” (un  bunquer situado por encima de la Fuente del Castillo), las cuestas… Todos nuestros  juguetes eran piedras, palos, plantas: los juguetes más didácticos que podían existir y que  mejor ayudaban a desarrollar nuestra imaginación. Era imposible ser más feliz.

A menudo  me preguntaban: “¿Y tú, de quién eres?”. Yo contestaba: “- Nieta de Eugenia del Pozo”. “- ¡Anda claro, de Angelines!”.

Era todo muy familiar, no había peligros, ni tan siquiera la  carretera general; nosotros paseábamos por ella y hacíamos  guerras de piñas en mitad de  una curva. Todo desbordaba vida y una riqueza de vivencias difícil de igualar.

Es cierto  que estudiábamos en Madrid, pero, en cuanto no teníamos clase, no había fuerza que nos impidiera llegar a Valsaín. Más de una vez he subido el puerto sentada en el “morro” del  Renault 12 para que agarrase bien en la nieve. A mi padre ahora le hubieran quitado de golpe los doce puntos del carnet.

Foto: Esther Hernández Fernández

Ya de más mayores, y si mis padres no estaban, no nos  merecía la pena encender la calefacción, pues sólo íbamos a casa a dormir. Y recuerdo  haber dormido con el plumas dentro de la cama y todas las mantas que encontrábamos por la casa encima. Los chupetes de hielo colgaban de las cortinas; me levantaba  aplastada como un dibujo animado.

Ir a la “Pipera”, a la carnicería de la señora Adoración,  lo convertíamos en una excursión excitante. Voy a enumerar algún recuerdo más y no  insisto, para no ser “pesadita”.

Ver pasar a los bueyes camino del Plantío, mirar a los más  mayores, porrón en mano, intentando decir frases; las meriendas en la Piedra del Zapatero; el miedo que teníamos a los perros del Guarda Mayor, León y Leona, cuando pasábamos cerca de los huertos y salían detrás de nosotros; el día que até unos saltamontes con hilos  a unas hierbas como si fueran caballos, me fui a comer y no os cuento qué me encontré al  volver, etc.

Foto: Esther Hernández Fernández

Muchos de los lugares más queridos para mí ya han desaparecido, se han  quedado en el camino. Como “el huevo”, su valor histórico y sentimental no ha podido vencer al crecimiento. Todavía recuerdo al señor Agustín sentado en él, y nosotros  subiendo y bajando a su alrededor. Nos conocíamos todas sus muescas, dónde poner la  mano, el pie… estaba perfectamente “mimetizado” con el entorno.

Y las tollas de encima  de La Hilaria. Nos quedábamos atónitos de ver cómo los niños que venían de Madrid se  bajaban del coche en la Fuente del Castillo, salían corriendo detrás de las gallinas y se metían hasta la ingle en la tolla. Los padres, con cara entre terror y alucine, se metían en ellas tratando de salvar a sus hijos, de como mínimo, “arenas movedizas”. ¡No sabían lo  que eran las tollas! En la actualidad, la mayoría de la gente que vive en Madrid todavía no lo sabe. Nosotros las teníamos numeradas y con nombre los pasos de las de La Hilaria. El quinto era el más fácil y bonito, su lecho era de arena limpia y pasaba el agua cristalina, olía a poleo.

Hablando de olor, el de Valsaín para mí es una droga, la única que existe  capaz de dar vida y energía. Es una mezcla de toda su riqueza vegetal presidida, por  supuesto, por el pino, y dependiendo de la época más húmeda o seca, resalta el olor del  hongo, de la jara recalentada, del roble, e incluso del ganado.

Foto: Esther Hernández Fernández

Muchos pensaréis que esto  del olor o las tollas es una tontería, pero os aseguro que son unas de las tantas cosas de la Naturaleza que, por la mano del hombre, directa o indirectamente, estamos perdiendo.

Mis hijos no han llegado a conocer casi ninguno de mis lugares favoritos. Ni han podido  disfrutar del ambiente en el que yo crecí. Para mí es una enorme pérdida.

Pienso que está bien avanzar y progresar respondiendo a las necesidades de las personas, sobre todo  facilitando la vida de los niños y las personas mayores; pero me da miedo que las personas que planifiquen el crecimiento de Valsaín no tengan estos recuerdos, este amor  hacia él y la idea clara de que su identidad, sus orígenes, están vinculados directamente  con su enorme riqueza Natural. Miedo de que lo masifiquen y al final, por salvaguardarla, nos pongan límites a todos, incluso a los que notamos que somos parte de este valle, de  este pinar… que lo llevamos en la sangre desde hace décadas, desde que nuestros tatarabuelos se asentaron aquí. 

Esther.


©Pedro de la Peña García | cronicasgabarreras.com