Crónicas Gabarreras 13
 Crónicas gabarreras:   Inicio >  En los sentimientos > Benito y Adoración. Los carniceros de la Pradera (Charo García)  


Foto: Charo García

Procedentes de Vallejera de Riofrío; un pueblo al pie de la Covatilla, en la Sierra de Béjar (Salamanca), entre Béjar y Guijuelo, dedicado a la ganadería y la agricultura, aunque también tenía una pequeña fábrica de embutidos. Como en la mayor parte de los pueblos de la Sierra de Béjar, de allí eran procedentes mis padres Benito y Adoración, los carniceros de La Pradera por más de cuarenta años.

Mi padre con tan solo catorce años emigró a Madrid como aprendiz de carnicero en Carabanchel Bajo. Esto ocurrió en los años veinte del siglo pasado, y allí estuvo hasta que le llamaron a filas y se fue a hacer la mili, por lo que estuvo en Madrid unos cinco o seis años.

Cuando volvió de la mili se vino a La Granja, pues mi tío Emeterio, diez años mayor que él, se había venido a trabajar a una fábrica de embutidos a las Navillas, y después de casarse con una segoviana, se establecieron en La Granja como carniceros. Mi padre durante algunos años trabajó con él, hasta que se tuvo que incorporar otra vez a filas, desde el año treinta y seis hasta el trieinta y nueve –Guerra civil española–. Cuando vino de la guerra, junto con mi tía Ursula, iba desde La Granja a despachar carne a La Pradera; al principio con un carro y un caballo, más tarde pusieron la carnicería en casa de la Segundita –frente a la casa de los guardas del cruce a Valsaín–. Por aquella época murió el Sr. Paco Sindo, que tenía allí la carnicería para poder dar servicio tanto a La Pradera como a Valsaín –entonces no existía el Barrio Nuevo.

En 1942 se casaron en Vallejera de Riofrío, y les fue a casar D. Mariano Hernangómez, un sacerdote de la Iglesia de Los Dolores de La Granja amigo de la familia. La boda duró una semana y mataron una ternera –a la celebración, como era un pueblo pequeño, acudían todos los vecinos.

Foto: Feli García

Adoración –mi madre– se quedó huérfana de padre con ocho años y se crió con los abuelos paternos; estos tenían vacas, y mi madre las ordeñaba, bajaba con un caballo a vender la leche a Béjar y también hacía tareas en el campo.

Cuando se casaron es cuando se establecieron en una casa del Sr. Esteban López, pues les sirvió de vivienda y carnicería: allí nacieron sus cuatro hijos. La tienda era bastante grande, y se comunicaba con el almacén de piensos de Nemesio Goya –que había sido salón de baile, y por entonces funcionaba como Iglesia, hasta que en1949 se inauguró la que hay ahora–. La cocina era también grande, pues anteriormente daban bodas; “tenía retrete” y nuestra habitación era el ropero del baile. A mi madre le pareció un palacio, pues las casas no estaban así acondicionadas, ni tenían cielo raso en el techo, ni retrete ni nada de todo esto, en aquellos tiempos…

Detrás de la casa, mi padre tenía el matadero donde se sacrificaban las reses y un cuarto muy fresquito que era donde conservaba la carne. Había muchos en el pueblo que se dedicaban a la ganadería, además de otros trabajos en la fábrica de maderas, de cristal o el pinar. Como ayuda, criaban sus vacas y terneras que luego sacrificaban. Los jueves había un mercado muy importante en Segovia donde compraba ante todo corderos –de Gallegos y Muñoveros sobre todo–, vacas y terneras de diversos puntos de la provincia. Mi padre también tenía vacas de leche y ovejas como ayuda a la carnicería. Las vacas en invierno las llevaba a la cerca por debajo de La Pinochera, donde tenían una casa unos generales, y que cuidaba el Sr. Tomás Encinas, dueño del bar Los Porrones y cartero del pueblo. En verano, por la noche, las vacas dormían en el pinar y a la mañana siguiente las recogía para ordeñarlas. Las encontraban gracias a los cencerros que tenían cada una. Las ovejas las guardaba en casa del Sr. Agustín Rodríguez. Vendíamos la leche; de los cerdos hacíamos unas salchichas muy ricas, hacíamos chorizo y longaniza y curábamos jamones…; todo para luego venderlo en la carnicería.

Foto: Charo García

Mi padre era muy chiquero y le acompañaban todos los chicos del barrio, sobre todo al matadero. Algunos no le perdían pisada como eran Paquito y Angelín –los hermanos mayores de Jose (Chichas)–. También lo hacían los que venían a veranear, entre ellos había uno que estaba estudiando para cirujano y que deshacía junto a mi padre los órganos internos de las terneras y corderos, mientras le iba explicando lo que era cada cosa. Las tripas se lavaban en la presa, en un lugar que se cogían buenas truchas y le denominaron “El Bodón de Benito”.

Mi madre fue una mujer fundamental en la vida de mi padre, pues aprendió el oficio poco a poco y le ayudaba en la carnicería. Con su delantal blanco, pelaba los menudos de cordero y ternera que tanto apreciaban las clientas, para ello se levantaba a las seis de la mañana. Se tenían que agarrar a todo como ayuda para sacar una peseta. Recuerdo que nosotros también ayudábamos a pelar las manillas de lechal –sobre todo en la víspera de Nochebuena–, a subir y bajar las vacas o cuidar las ovejas –trabajo del que se ocupaba más mis hermanos mayores–…, incluso desde pequeñas nos enseñaron a fregar el mostrador y la tienda.

Fueron tiempos muy difíciles para todo el mundo. Por aquella época, el menú diario era cocido o patatas guisadas, y los fines de semana el que podía, paella. Lo que no faltaba era el cuarto de chuletas para los que iban al pinar –solo para los más privilegiados–. Las piezas de filetes las sirvieron muchos años al Restaurante “La Hilaria”, y tuvieron clientes que venían a comer y se pasaban a comprar a la carnicería para llevárselo a Madrid –los pescadores que venían al río a pescar, locutores de televisión que veíamos al mismo tiempo en la carnicería y en la televisión, pues todo era en diferido–; también a través de un primo de mis padres enviábamos terneras del pinar a Madrid –ya he dicho que era muy apreciada su carne.

Los años cincuenta y sesenta había mucha actividad en el pueblo, pues venía mucha gente a veranear, dada la cercanía a Madrid y la comunicación tan buena que siempre ha tenido. Ellos recordaban que en esos años vino a veranear Camilo José Cela, así como gente acomodada que daban fiestas, y algunos acudían porque tenían a los hijos haciendo las milicias en Robledo ¡Qué ambiente había en la pista de baile de verano del Sr. Lucio! Se representaban obras de teatro, y venían actores que hacían la gira por los pueblos y ciudades de España, como Los Merlo, Ladrón de Guevara, así como otros menos conocidos, etc. La gente salía de sus casas y se apañaba como podía para alquilarlas, ¡y otra ayudita más!, que venía muy bien; un poquito de aquí y otro de allí, iba resurgiendo el pueblo. La juventud, como no tenía muchas salidas, empezó a emigrar a otros puntos. El sitio más cercano y donde nos fuimos muchos fue a Madrid, aunque en nuestro caso, veníamos todas las semanas para echar una mano a mis padres y pasar el fin de semana con ellos. Otros se fueron más lejos y lo tenían más difícil; algunos, al cabo de los años, regresamos lo más cerca de pudimos, pero siempre con la añoranza de volver a lo nuestro.

Fue en enero de 1982 cuando cerraron la carnicería. Mi padre tenía setenta y dos años y mi madre sesenta y siete. Toda una vida dedicados a servir a un pueblo que les acogió desde el primer día, más como familia que como vecinos, y que nos les abandonaron hasta que cerraron. Gracias a todos.

Tuvieron mucha suerte al llegar, sobre todo con los vecinos. No tenían a nadie de familia –pero como decía Angelín, sois vecinos que, es más–, pues los más cercanos eran mis tíos en La Granja –Emeterio y Úrsula–, que les ayudaron en sus comienzos, y mis primos al final.

Mis padres se arraigaron tanto a este pueblo, que lo consideraron siempre como el suyo, y aquí se quedaron para siempre. Ellos decían que era “lo mejor de España”, y así nos lo inculcaron a sus hijos y nietos.

Charo García.


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